La obra es un homenaje a las mujeres inmigrantes que llegaron a la Argentina,en este caso mi abuela paterna.
Recorre su vida desde su nacimiento hasta la llegada a América y su modo de ganarse la vida en estas tierras.
Objetos como símbolos de esta vida.
¿Qué cosas elijo llevarme en una valija cuando se que emprenderé un viaje sin retorno…?
Qué difícil decisión.
El texto que acompaña la obra forma parte de ella:
“Búsqueda de la salida del laberinto”
Destino: final de un laberinto donde todos los seres se consumen en busca de la salida. Lucha en la que uno cree ser el autor de su destino y no advierte que es al mismo tiempo su víctima. Enfrentamiento constante entre el proyecto y su concreción. Triunfa quien supera las dificultades y encuentra la salida del laberinto, sucumbe quien no logra salir.
El valor de los seres humanos ¿será entonces el éxito...o será otra cosa?
Yo creo que es otra cosa.
Conocí un ser simple y bueno que pareció haber sido creado sólo para perder. Nacimiento pobre; orfandad precoz, pocos juegos y pan ganado a puro trabajo, almita infantil regada de lágrimas tempranas.
Destino: servir a los demás para poder comer.
La infancia madura pero el destino es siempre el mismo.
1939/45: Guerra Mundial “ese monstruo grande que pisa fuerte sorprende a este dulce ser formando familia. Aquí, sí, ya hay amor en el servir a los demás, pero la destrucción y la muerte con las que se convive siguen cobrando lágrimas. Sobrevive.
1948: La familia decide intentar otro camino. EMIGRA, palabra horrible, comparable a la orfandad, antes citada.
Las raíces se resienten, duelen, y sobreviene el desarraigo. Angustia pero con esperanza. En 22 días de oleaje ha conocido puertos, gentes, lenguajes extraños y una tarde en el ocaso invernal, junto a otros mil rostros apiñados en cubierta descubre, recortada sobre aquel ocaso, la silueta oscura de Buenos Aires, su destino, allí a pocos metros. Las dos torres de la Aduana del puerto la reciben en un anticipado abrazo de buen presagio. Se apuesta todo a ese presagio, y como quien se acerca a lo que deja de ser promesa para ser realidad, todos pretenden desentrañar lo que la negra silueta de esa enorme ciudad les esconde. Están dispuestos a cambiar el áspero lenguaje de la guerra, por otro, que si bien desconocido promete paz. Están dispuestos a pagar ese costo: EL DESARRAIGO. Lo que no saben es si lo lograrán.
Ingresa a nuevo brazo del laberinto y renueva la búsqueda de la salida.
Hay conciencia que debe honrarse la hospitalidad de esta nueva patria. El inmigrante sabe trabajar: hace zapatos, y el oficio se plasma de inmediato en larguísimas jornadas de trabajo que comienzan mucho antes del alba y terminan mucho después del ocaso. Se progresa. El pan no falta, pero las raíces sufren, no prenden y ceden.
Aquí es donde el laberinto cobra sus víctimas.
No todos sobreviven al transplante: melancolía, depresión, añoranzas, enfermedad y finalmente la muerte a tempranos 48 años.
Esa dulce persona quedó en el laberinto y no encontró la salida. Sus raíces resistieron la violencia de la guerra, pero no la anemia del desarraigo. Es que las raíces de cada ser son algo muy misterioso, que no se ven y que no se las lastima impunemente.
Esa persona se aventuró en su laberinto pero no encontró la salida.
¿Fracasó? Yo creo que no, porque pienso que el valor de una persona no consiste tanto en encontrar la salida (que a veces se da por casualidad), cuanto en buscarla, aún al precio de sucumbir en el intento.
¿Fracasó? No, porque presentó batalla a las dificultades del laberinto, hasta el límite de sus fuerzas, pero sobre todo porque aquí estamos sus hijos, sus nietos y bisnietos, que no somos un fracaso, y le agradecemos de haber tenido ese algo misterioso que no siempre se llama ÉXITO sino DESAFÍO.
Esa persona es mi abuela y vive aún en nosotros.
Livia Gasparini
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